
- Es vanidad creernos indispensables e importantes en la labor de la iglesia. Es grandeza cumplir fielmente nuestro deber sin creernos por ellos demasiado justos ni demasiado buenos.
- Es vanidad trabajar por nuestro prestigio y reputación profesional. Es grandeza vivir como Juan para ser una voz de Dios.
- Es vanidad creernos inmunes a las tentaciones que asaltan a los miembros de nuestras iglesias. Es grandeza orar mucho en secreto para ser guardados fieles.
- Es vanidad pensar que el llamado divino o un cargo nos puede hacer superiores. Es grandeza sentirnos incapaces porque nos ha pedido mucho y buscar nuestras fuerzas en el Señor.
- Es vanidad creer que lo el mundo necesita es sólo nuestra elocuente predicación. Es grandeza el que la vida sea la mejor ilustración de lo que predicamos.
- Es vanidad buscar en la obra de Dios el lugar donde podemos sentirnos más cómodos. Es grandeza sentirnos felices de que otros disfruten de aquello que nosotros no podemos disfrutar.
- Es vanidad trabajar para que los demás nos vean. Es grandeza vivir para que otros vean a Cristo en nosotros.
- Es vanidad pensar que un hombre con capacidades no necesita estudiar mucho. Es grandeza consagrar al Señor una mente bien informada, y permitir que él la use como un arma más poderosa es su servicio.
- Es vanidad que un ministro procure ser sólo un buen profesional. Es grandeza que un hombre de Dios sea un santo.
- Es vanidad que un ministro desee ser un hombre público o popular. Es grandeza saber que Cristo nos ha llamado a ser sus testigos vivos.
- Es vanidad desear trabajar en lugares importantes. Es grandeza el estar felices en el lugar donde Dios nos tiene.
- Es vanidad sentirnos confiados por los triunfos que hemos alcanzado en el pasado. Es grandeza cuando se descansa sólo de rodillas.
- Es vanidad sentirnos halagados porque todos los miembros nos tienen confianza. Es grandeza sentir que Dios nos puede confiar su obra.
- Es vanidad luchar sólo por la corona. Es grandeza sufrir con gozo por la cruz.
Fuente: Juan Cabezas, El Ministerio Adventista, Mayo-Junio, 1972

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